La creación social del desvalor

La creación social del desvalor

La burbuja tecnológica, en cierta forma, fue a resultas de los nuevos comportamientos y/o usos de los ínternautas.
Empresas que “compraban”, a precio de oro, servicios y expertos tecnológicos en todo el mundo para programar en la Web se iban dando cuenta que no podían canalizar y encorsetar a los usuarios en sus dominios. Sino que eran esos usuarios, que ellos querían someter a su soterrada dictadura, los que se iban haciendo con el control de la Web. El diagnostico era meridianamente claro, a ojos vista, el ritmo de creación de páginas Web era vertiginoso y prácticamente exponencial a los esfuerzos del lobby por reconquistar y reconducir a la masa al redil. En la sombra y tras los clarísimos intereses del lobby, se ocultaban los intereses de los Estados. No el Estado en el sentido clásico, sino el Estado como entidad propia, un ente que se debe más a su propio aparato y a su realidad económico-política que a las ideas que le dieron vida.
Legislar a como de lugar ese fue el fideicomiso. Tal vez, los Estados, en esos primeros momentos de evolución y expansión de las nuevas tecnologías y de las redes sociales, sólo actuasen por pura inercia; un simple operar (legislar) y desarrollar (consolidar) el objeto de súplica: La red social debe ser como el Fútbol. Al pueblo pan y ludi .El pueblo, ese miasma que se pega a la piel en épocas de elecciones y que tras ellas se puede lavar y si el caso lo requiere extirpar como un tumor feo y hediondo. El pueblo no puede, ni debe, representar clave alguna de poder. Si en efecto, a través de la gestión se configuran y confirman las certezas en virtud a las cuales está organizada una sociedad, hay que articular, o desarticular, el potencial de gestión de la red…
Nos amamantaron y crecimos con inocentes axiomas del calado de: “La información es poder”, “Quien controla la información controla el poder”, “La información no tiene precio” y de repente esos axiomas se le antojaban al lobby tecnológico y al poder demasiado tangibles. De pronto se encontraron en la dramática tesitura, para ellos, de aceptar que “los datos”,”el contenido Web” “la rebelión cívica” crecía rápidamente debido a las aportaciones, altuistas, de los usuarios.
Ni siquiera el hecho de la “dificultad informática” o la “brecha tecnológica” que habían venido cultivando y fomentando les servía de blindaje. La actividad de los usuarios ejercía un efecto simplificador y beneficioso, incluso para la informática en general, ya que lograba desmitificar la necesidad de ser un experto en tecnología para poder operar en la red; no sólo para tener el control de sus propias necesidades, sino que ofrecía la posibilidad de ser coparticipes en la creación de servicios Web y coparticipes en la vida sociopolítica en los márgenes del sistema.
Así pues los “especialistas” se veían relegados incluso de las funciones inmediatas al nuevo estatus, es decir, el precio de estructurar esta cantidad de nuevo contenido mediante semántica lo pondríamos los usuarios.

Visto el problema vistas las soluciones. Las alternativas pasaban a las claras por “la regulación” y la censura subliminal. A nosotros nos tocó Sinde ¿Cuando una ley es inmoral hay que obedecerla? Veremos…
Estaba claro, no se iban a quedar de brazos cruzados para ver como los ponía en jaque una masa desestructurada de dindundis e idealistas.
Recurrieron pues a la presión al legislador, provocando y forzando nuevas formas legales que pudieran restringir el fenómeno y devolverles su lucrativo coto de caza.
Conceptos como canon digital, brecha digital, webtop, etc. irrumpieron en nuestras vidas sin ser obstáculo suficiente para evitar nuestro particular modo de acceder y usar la Web, que continuaba cambiando con la misma plasticidad que el cerebro humano.
Los ínternautas continuaban aumentando la interactividad, inhibiendo unas formas y creando otras nuevas a modo de nodos o enlaces sinápticos. Nacía una nueva forma de hacer Web: el Socialware, echando por tierra todas las pegas e incertidumbres generadas por los especialistas en torno a la participación de los usuarios. Todos eran conscientes que salvado “el anonimato” no habría escollo suficientemente grande para frenar este movimiento espontáneo.
Las revueltas del Mediterráneo ya no sólo era una estadística más. Algo muy grande estaba pasando, de forma conjunta y global seres de todo el planeta de una manera completamente desorganizada, altruista y conjunta estaban haciendo sociopolítica, estaban creando datos, información, software e innovaciones constantes para estos socialwares.

Redes sociales que permitan a los usuarios comunicarse entre sí y con el mundo, compartir ideas, incluso dar voz a los sin voz a los sometidos a los vetos de sus países resultaba ser la pequeña gran revolución. Redes del calado de altern.org , eran aniquiladas y volvían a surgir, cual ave fénix de entre sus cenizas , pues el Socialware tiene un código genético tan espontáneo y dinámico que le permite evolucionar en cualquier dirección , y seguir incluyendo las aportaciones de nuevos usuarios en forma de contenido , nuevas funcionalidades y/o nuevos servicios Web.
Unos cuantos hackers habían sido capaces de estudiar la estructura de la sociedad celta y renovar los ritos iniciáticos de pasajes ( ritos de pasaje: se otorgaban a los aspirantes la oportunidad de cambiar su forma de percibir el mundo , abriendo ciertas puertas internas que el discípulo no ha podido abrir por sí mismo a una nueva percepción , dotándoles de un verdadero estado de conciencia para reinterpretar el mundo y a si mismo) logrando dar total autonomía a células que a pese a formar parte del todo , eran un todo en si mismas. Así podían soportar los envites persecutorios de los que fueron objeto y/o objetivo.

El alarde filantrópico de Bill Gates resultaba ser el punto de inflexión, del vetusto sistema, su gesto de generosidad no dejaba de ser una caricatura netamente simbólica.
Así pues surgía el principio de un nuevo paradigma motivado por la interacción social, ya no eran solo los antaño codiciados e intercambiados ficheros mp3, ahora irrumpían las entradas y modificaciones a las wikis, los blog, etc. que hacían de la Web un modelo de distribución abierto, permitiendo a cualquiera modificar su código y crear nuevos programas y aplicaciones.
El software libre nacía con todos los parabienes de una forma de innovación que se basaba en la cooperación y libre circulación del conocimiento tecnológico.
Todo esto nos colocaba en un lugar de privilegio : ”La gran revolución era posible”, “otro mundo era posible”… las redes sociales, los sitios comunales como los wikis , los blog , la capacidad de actuar desde la palabra y hablar desde el acto era algo que ni los rebeldes defensores de la Segunda República tuvieron en sus manos ; el reto , para nosotros, es saber estar a la altura de las circunstancias y saber encauzar un movimiento que acabará haciendo no solo conciencia cívica sino verdadera política.

Hemos pasado de hacer futuribles con el escenario global y los motivos de los conflictos entre países, de la guerra por los recursos, etc. a vivir , en presente , una verdadera enfermedad del sistema capitalista y una verdadera “crisis económica”.
El principio esencial de la política anticíclica keynesiana partía de la premisa de que en los momentos de crisis y de baja actividad/ productividad los gobiernos ponían en marcha políticas de inversión y gasto público que debían actuar como mecanismos compensatorios de la baja actividad/productividad del sector privado. Así se estimulaba e incentivaba tanto la demanda como la inversión en bienes de consumo y se paliaba el incremento del desempleo.

Con esta finalidad los gobiernos movilizaban sus recursos tanto económicos como legislativos de ser necesarios, incluso, recurrían, si la situación lo demandaba, a la emisión de deuda pública.
Pues bien si en este momento observamos el comportamiento de los principales agentes económicos de carácter público en eso que llamamos primer mundo se sitúa en las antípodas de una política anticíclica convencional o de manual de economista.

Las preocupaciones, hasta ayer, lógicas porque el tan temido déficit pudiera tener un efecto inflacionista parecen haber perdido sentido en un contexto de tan escasa demanda. Por otro lado en un momento en que el mercado, los inversores se han instalado en la desconfianza hacia las instituciones privadas no parecería descabellado que los Estados emitieran deuda pública que sí podría ser bien aceptado por el mercado y permitiría el traspaso de recursos productivos al sistema.
Es fácil hacer conjeturas del por qué aun no se ha hecho con la misma premura que se han tomado otras medidas .Es posible que la explicación esté en el alto nivel de deuda actual del propio sector público, concertado ya antes de la entrada en la fase de recesión, fruto de haber llevado, de forma global, a la economía al límite de sus posibilidades.
Aprendida la lección de que occidente no es intocable, es más es totalmente vulnerable, los más sólidos defensores del libre mercado (tándem formado por el poder económico y el poder político bajo el abrigo del sistema democrático) en nuestras modernas sociedades representadas por las mega ciudades estadounidenses, han decidido tomar un rumbo totalmente desconcertante. Ya no se trata de flexibilizaciones leoninas de los mercados laborales y/o financieros y la tan traída y llevada pauta del equilibrio presupuestario, ahora se trataría de convencer a la ciudadanía de que las medidas regresivas para la ciudadanía, sobre todo para el derecho de los trabajadores, que se tomarían estarían destinadas a una justa redistribución de la riqueza y a la búsqueda de un empleo con calidad/seguridad.

El sindicalismo ha demostrado su incapacidad sistémica y sistemática de proponer respuestas independientes a las ideologías existentes, ya no en el ámbito de los nuevos retos de la globalización /internacionalización del capital, empresas y poderes públicos, sino tan siquiera en el ámbito de las conquistas sociales que heredaron y que se atenían a los principios de justicia social y solidaridad.

La capacidad de los gobiernos occidentales de enfrentarse a esta crisis es aceptable, dependiendo de qué países se trate, como se ha demostrado en las medidas de urgencia tomadas; los Bancos Centrales han actuado como un solo organismo y han coordinado y buscado políticas monetarias capaz de insuflar liquidez suficiente a la Banca.
En España al elevado costo de quedarse sin tejido empresarial y con un 20% de desempleados.
Es extraño que ninguno sienta escozores de conciencia al quedar tan meridianamente claro, tan evidentemente expuesto que con las migas de ese potencial económico o de esa liquidez desplegada, con toda intensidad y a toda máquina, por las potencias del primer mundo podrían haber sobrevivido millones de seres humanos que ya no tendrán esa fortuna. Es posible que estos seres no estén capacitados para responder con otro castigo, a tal ultraje, que el de sabotear las estratégicas y geopolíticas fronteras que nuestras economías han creado. Con papeles o sin papeles la hégira del hambre golpeará en el corazón mismo de los anquilosados corazones occidentales, de una forma u otra.

Han sido muchos los agravios sufridos por una parte de la humanidad para que los nuevos gurús económicos hagan filigranas ideológicas que puedan empuñar los Obama, Sarkozy, Merkel, Berlusconi etc. como panaceas del fundamentalismo democrático.
No puedo dejar de pensar en los países que han venido soportando estoicamente todas y cada una de las recetas de ese fundamentalismo económico e ideológico de las primeras potencias, que le impidieron salvar la situación recurriendo al recurso de la nacionalización. Todo lo que tenía tintes de nacionalización de recursos/mercados sonaba a república bananera en la que las inversiones/capitales extranjeros no tenían garantías jurídico-legales suficientes. No puedo dejar de pensar que el “consumo” impone cada vez más una labor que eclipsa al mayor bienestar que prometía. La elección entre un consumo hiperutilitario de mano de obra, eventualmente menos inhumano y menos destructor, mejor organizado, y las formas modernas de subsistencia, se plantea personalmente a un número creciente de individuos. Elegir es cosa nuestra. Pero ya es hora de romper con el encorsetadamente estrecho utilitarismo Inglés de la economía política como parte esencial del Estado-Nación y las reglas del juego democrático; que para más INRI han sido el legado cultural con el que han amamantado a toda una generación, y del cual han hecho patrimonio social.
No solo conceptos aportados por los especialistas en la constitución/construcción de la burbuja financiera, sino también conceptos surgidos al amparo del desarrollo de la economía real, se han incorporado al ideario colectivo de paradigmas, símbolos y representaciones forjadas por la economía clásica y la economía neoclásica.

La ciudadanía pues , tiene derecho a forjar su propia emancipación de toda esa filosofía moral y reglas de juego y crear otras con argumentos reales basados en necesidades reales , producir más para consumir más ya no es una impostura exclusiva del sistema neocapitalista , sino del propio ciudadano del mundo que debe ser corresponsable de su consumo pues la máquina económica y las necesidades humanas son infinitamente voraces y se alimentan de esta ambigüedad , que eso que se llama propia regulación de los mercados fomenta , entre las necesidades reales, la verdadera necesidad/utilidad.
El verdadero y racional equilibrio oferta/demanda es el que mejora la condición de todos los hombres. El libre mercado real ha sido reemplazado por un mercado especulativo que ha distorsionado el sentido de la necesidad por una suerte de voluntad subjetiva, de apreciación subjetiva de la necesidad individual y/o colectiva.
Si bien es cierto que ningún Estado-nación, por ende ningún Estado del bienestar, habría sido viable sin sustentarse en ese subjetivo bien común. No por ello se debe instaurar la tiranía del concepto utilidad .Si ese concepto primase sobre la necesidad real, cualquier remedio, a corto, medio y largo plazo, sería insuficiente para soportar el supuestamente cíclico motor económico mundial.
Sería totalmente ingenuo creer que las medidas estructurales y puntuales para regular el sistema serían suficientes para mantenerlo de forma indefinida.
Quizás esta recesión globalizada, esta crisis nos debe llevar a abrir un debate desde la seriedad lógica y desde el punto de vista del desarrollo sostenible de nuestras sociedades. Tal vez esa toma de conciencia pueda hacernos salir de la esquizofrenia en la que nos despertamos cada día, mirando índices de referencia, el parquet internacional y sufrir la tiranía de los indicadores con los que medimos nuestro propio progreso y definir nuestras opciones colectivas. Juntos podemos corregir las maldades del sistema y refundar los valores y los conceptos que realmente representan nuestra vida colectiva en términos de justicia y libertad. Valores que nos permitan ser objetivos y justos en la redistribución de la riqueza, la conservación del patrimonio natural y el acceso de todos los seres humanos a los derechos fundamentales. No se trata de generar un nuevo corpus doctrinal frente a los desafíos de la crisis, la energía, la salud mundial, la alimentación, el cambio climático. La idea es promover un nuevo modelo de crecimiento sostenible instaurado sobre la justicia social, el progreso, la libertad y la democracia, rompiendo el meme perversamente instaurado (por los lobby’s económicos y la ortodoxia tiránica de las primeras economías).
Esta recesión debería representar una verdadera oportunidad para generar, desde la valentía, verdadero librepensamiento ideológico.
De todas formas el reto más inmediato de España es anticiparse a las consecuencias sociales de la crisis. Hemos visto como los gobiernos de los primeros países se han unido en la aplicación de un plan de emergencia para salvar la banca, ahora debemos pedir a nuestro gobierno y a la UE un plan de igual envergadura por salvar y reflotar el empleo.

Tenemos en las manos una herramienta para modular la histórica “escasez”; las ciencias económicas suponen siempre un postulado de escasez (recursos, mercancías, bienes, trabajo) y en tanto que homo aeconomicus, hombres administrados por las instituciones modernas y sometidos a servicios que bebemos adquirir o suministrar a cambio de honorarios, debemos modular nuestra voracidad consumista. Estamos viendo a numerosos tunecinos y egipcios que aún no han perdido la más esencial de las gratuidades: la de compartir pensamientos y deseos de libertad y justicia.
No tienen trabajo pero tienen Internet, dicen…es cierto, no tienen nada más allá de una herramienta, la red social, y su gratuidad de pensamiento y acción.

Saludos

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