El Huerto del Rey Moro

El Huerto del Rey Moro

Tú y yo sabemos bien que, de vez en cuando, en nuestra vida hay presencias que son difíciles de definir. De repente aparecen personas, imágenes, seres, paisajes y acontecimientos, que parecen lejos de los conceptos y etiquetas que conocemos o utilizamos en nuestro día a día. Nos sorprenden y de golpe nos dejan mudos. Permanecen lejos de nuestro alcance hasta que logramos articular con palabras esas presencias.

Así aparecieron en mi vida Arturo y Luisa y El Huerto del Rey Moro.
Caminaba por la ciudad, una calle cualquiera, y tras una tapia llena de grafitis apareció el impactante verde de la naturaleza. Encontré un espacio natural gestionado por una asociación de personas independientes y motivadas, que decidieron crear un huerto urbano en un solar, en principio, destinado a la construcción de viviendas.

El huerto es como un pequeño caos ordenado, dividido en pequeños bancales, donde cada uno puede, a voluntad, sembrar lo que le place: verduras, hortalizas, plantas ornamentales, medicinales etc. En el centro se alzan, regios, una higuera añosa y una lustrosa morera articulando todo el entorno. A su alrededor una explanada de tierra compactada y juguetes, muchos juguetes esperando a sus “personas pequeñas”, no en balde una de sus leyendas reza “Territorio de personas pequeñas”.

El huerto se comparte, todos los que quieren y según las normas que rigen, consensuadamente y de forma definida, el espacio, tienen acceso a un bancal propio o, en su defecto, a parte de los bancales netamente comunitarios.
Se percibe, a golpe de vista, que en este lugar se enseña a pensar en tres dimensiones, aprovechando que ciertas frutas y hortalizas se pueden cultivar en un eje vertical, por ejemplo, otras a lo largo de un enrejado en la pared, y otras directamente en el suelo. El lema es aprovechar todo el espacio disponible.

El huerto es un lugar propicio para la educación en valores, para el desarrollo socio-ambiental del barrio y la comunidad y para la integración social. Es un espacio vivo que se retroalimenta con experiencias y sapiencias viejas que se integran en las actuales. Los ciudadanos se enseñan, entre si, a cultivar la tierra con métodos de la agricultura ecológica y a transmitirlo, a su vez, a los demás. Aquí se amortigua el impacto ambiental con un conocimiento nuevo, fresco, saludable, económico y divertido de cultivar la tierra. Se enseña también a reciclar los residuos orgánicos del hogar, a través de la composta, como forma de abono natural.

Más allá de la maravilla de la observación de los ciclos de la naturaleza, también existe, y así se percibe, el sentimiento de paz y el bienestar generado por el trabajo manual al aire libre. Por no hablar de la alegría y el orgullo a comer las propias frutas y verduras.
La idea, pues, es crear un lugar donde los ciudadanos puedan intercambiar palabras y conocimientos sobre la naturaleza, tener contacto directo con la tierra y aprender a vivir en comunidad. Lo social tiene un aspecto tan relevante como la propia naturaleza, por ello, quizás, y aunque esta asociación espontánea no esté regida por una articulación netamente política, lo político subyace en la forma de vivir y entender la vida de estos ciudadanos.

Cuando pregunto por la iniciativa la respuesta es unánime, el objeto fundamental es reforzar la cohesión social y tener un espacio verde, para disfrutarlo plenamente, en la ciudad. A partir de ahí se elabora todo un discurso ideológico: reivindicar un terreno baldío, a resultas de la crisis inmobiliaria, y sujeto a la especulación inmobiliaria feroz y masiva como forma de desarrollo urbano para el disfrute de los vecinos. En estos pocos años de vida, el huerto ha alcanzado el mérito de justificar su existencia y permitir a las familias del barrio disfrutar de un pequeño pedazo de la Madre Naturaleza en plena ciudad.

Tal vez el proyecto no encaje en el marco típico de los proyectos de rehabilitación de suelos urbanos degradados promovidos por el Ayuntamiento. Pero no es menos cierto y constatable el efecto terapéutico del huerto sobre el barrio:

Dado el limitado espacio disponible en nuestra ciudad, los árboles en la calles, las flores en los balcones, los huertos colectivos, las plazas y parques crean una sensación de bienestar. No es sólo estética, realmente mejora nuestras vidas, nos facilita sombra, oxígeno y sensación de aislamiento acústico y térmico (de ahí el gran interés en los techos verdes o cubiertas vegetales). Viejos, adultos, jóvenes y niños que se reúnen alrededor de una pequeña parcela de tierra y vuelven a conectar con la naturaleza y con sus convecinos. Este trozo de tierra promueve el intercambio entre generaciones. Sin esperarlo nos encontramos con nuevos amigos de todas las edades y descubrimos un punto de inserción social e incluso, si se reflexiona un poco, profesional. Aún sin proponérselo, de forma explícita, el huerto es una forma de promover el retorno a la vida profesional, pues, sirva como ejemplo, hay una artesanía incipiente del mimbre y la caña que surge a su calor.

Este espacio creado y administrado colectivamente no tiene afán productivo y muestra de ello es la prohibición de comercializar lo que se produce. Este espacio además de embellecer el paisaje urbano fortalece los lazos comunitarios.

Desarrollar y transmitir conocimiento es un “valor” en sí mismo.

Con frecuencia, en el huerto, se organizan fiestas, encuentros de ocio, actividades educativas y eventos culturales. Son varios los colegios del barrio que hacen labor docente desde el huerto. Los monitores motivan, conciencian y educan a los alumnos en valores medioambientales. Se conciencia y se les hace tomar la iniciativa con acciones que tienen que ver con la calidad de sus dietas y la salud del planeta.

Preservar la naturaleza se convierte en un gesto natural si nos lo enseñan desde pequeños. Se fomenta, también, el consumo responsable como una forma de justicia social. Las ciudades son los mayores consumidores de productos agrícolas, pero las injustas leyes de mercado hacen que los beneficios generados en la producción agraria no reviertan en los productores directos. Muy por el contrario la subida de los alimentos repercute más, y negativamente, en los países subdesarrollados, donde la densidad de población es tan grande como su índice de pobreza.

Se pone en su conocimiento que las enfermedades causadas por la mala calidad del aire en las ciudades (sobre todo asma) se están desarrollando a un ritmo exponencial. El aumento de las enfermedades respiratorias se pueden paliar, en parte, mediante el desarrollo de espacios verdes y la reducción de las emisiones de CO2. Y por supuesto a estos alumnos se les enseña que estos pulmones verdes son idóneos para el ocio y la diversión.

Paqui Solana

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